La decisión de hacer un intercambio fue muy fácil: mi hermano mayor, Matías, se había ido cinco años antes a Australia por seis meses. Yo tenía 10 años y escuchaba todo muy lejano, muy novedoso, me imaginé un mundo completamente diferente y no podía creer la valentía que tenía Mati yéndose a tantos kilómetros de distancia sin mamá y papá.

Al pasar los años, mi decisión fue cada vez más fuerte, ya que tuve varias oportunidades de hablar con chicos de intercambio que venían a Río Grande, mi ciudad natal. Me convencía día a día que quería comenzar una aventura de ese tipo. No sabía el destino, ni el momento, ni la forma. Pero sabía que no iba a terminar la secundaria sin tener una experiencia cultural en el exterior.

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La decisión de dónde, cómo y cuándo tampoco fue difícil. Decidí irme en el ante último año del colegio con YFU, de quien escuché por amigos e intercambistas. Para aprender un tercer idioma y conocer Europa, elegí Alemania. Y al mes de tomar la decisión final ya tenía la confirmación de YFU para empezar el programa de intercambio.

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Cuando llegué a Alemania desde el otro rincón del mundo (15.000km aprox. en 23 horas, incluyendo avión, tren y colectivo) mis expectativas del año de intercambio y de YFU eran muy altas. Desde el primer momento me sentí cómoda con mi familia anfitriona y mi persona de contacto que vivía cerca de mi nueva casa, pero estaba ansiosa y nerviosa del colegio y compañeros que conocería ya en poco tiempo. Fue un lento proceso lleno de alegrías, conflictos, descubrimientos, miedos, experiencias y sorpresas para llegar a decir que Alemania se había convertido en mi segundo hogar. El tiempo pasó volando. Nunca me había imaginado cuán importante iba a ser ese año para mí.

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Al volver, no se puede evitar reflexionar del intercambio y recordar experiencias vividas, comparar las culturas y tener el impulso de contarle a tu familia y amigos todos y cada uno de los momentos que marcaron tu intercambio. La sensación de volver fue sin duda muy, ¡muy extraña! El darse cuenta de que no sólo yo había cambiado, sino que al no estar en todo el año en Río Grande las cosas ahí también habrían cambiado y no serían exactamente iguales. No estoy segura de cual de mis llegadas fue más emocionante e impactante: si la de Alemania o la vuelta a Argentina.

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Aprendí que un estudiante de intercambio es como un “global-player”, el cual en un mundo desconocido busca un nuevo hogar, está motivado por conocer y experimentar cosas nuevas, ama a su cultura y está abierto a una nueva, descubre una nueva personalidad en sí mismo y lucha por alcanzar sus objetivos.

Aprendí que no todo es fácil en la vida, pero quien no se propone a cumplir sus sueños, tampoco los hace realidad. Creo que lo más importante fue haber dado el primer paso: ¡comenzar a descubrir el diverso e increíble mundo en el que vivimos!

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