PALABRAS DE UNA VOLUNTARIA

Mi nombre es Steffi, tengo 18 años. Soy ex-becaria y voluntaria de YFU.

Me fui de intercambio a Estados Unidos de enero 2008 a junio del mismo, y al volver, sin darme cuenta, poco a poco me fui metiendo en la organización y en las actividades que iban surgiendo. Supe de la existencia de YFU cuando tenía 13 años, al escuchar la palabra “intercambio estudiantil” por primera vez en mi vida, y averiguar en las distintas organizaciones.

Hoy en día soy voluntaria de YFU, por lo cual participo de diversas actividades directamente relacionadas con los estudiantes de intercambio que vienen de otros países a la Argentina. Gracias a estas actividades, sumado a la interacción que significa establecer contacto con otras culturas, siento que aprendí mucho, independientemente de mi intercambio en EEUU. Estas actividades incluyen, la participación en orientaciones de bienvenida y de despedida para dichos estudiantes, que son muy divertidas y requieren de creatividad y manejo con gente nueva y diferente a nosotros en costumbres, idioma, etc. Otra actividad importante que estoy por comenzar es la de aconsejar regularmente a modo de “seguimiento” a un estudiante en particular, o lo que se conoce como “Consejero”. También en algunos casos, YFU ofrece a determinados voluntarios la oportunidad de acompañar al grupo de extranjeros y a los coordinadores en el viaje anual de YFU, donde los estudiantes conocen varias de nuestras provincias.

Lo que más me gusta de ser voluntaria es la gente que vengo conociendo: gente interesante, de aprox. mi misma edad, pero que viene de un lugar muy diferente al mío. También es sorprendente ver cómo dominan el español al terminar su año de intercambio, siendo que en un principio (en la orientación de bienvenida) apenas si pueden decir “hola, cómo estás?”. El crecimiento interno que se logra finalizada esta experiencia, creo que ocurre tanto en el que viene a vivir acá como en el voluntario que está al frente. En otras palabras, tanto haberme ido de intercambio al exterior, como recibir regularmente estudiantes de afuera en mi país y ser voluntaria, me abrió la mente y aumentó mi nivel de madurez en general.

Por último voy a contar un par de anécdotas que hasta el día de hoy me hacen reír un poco, sobre todo porque sé que esto acá en Buenos Aires jamás me hubiera pasado. Me tocó vivir Ann Arbor, Michigan, en donde particularmente hace MUCHO frío (está en el Noreste del país, muy cerca de Canadá, y yo llegué allá en pleno invierno). En una de esas mañanas en que yo salí muy apurada para ir al colegio, no tuve mejor idea que salir de mi casa justo después de bañarme, o sea con el pelo mojado. A todo esto, yo era la primera vez que veía la nieve, por lo cual no conocía los riesgos de salir con el pelo húmedo. Cuando me toqué el pelo mientras caminaba, sentí que estaba duro, sólido: estaba congelado!! Lo que normalmente hubieran sido mechones de pelo, en ese momento eran cubos de hielo que rodeaban mi cuello…  Primero me escandalicé porque hasta mis manos estaban congeladas, pero finalmente, al llegar a la escuela, con el calor de la calefacción el hielo se me derritió automáticamente, y mi pelo volvió a ser el mismo de siempre… menos mal, jaja. Bueno y recuerdo también el día que acababa de correr en la escuela una tarde (yo hacía “Track”), y tenía tanto calor por la actividad que decidí tomar un poco de aire fresco (y qué fresco!!) en la parte de afuera. Estaba nevando y yo estaba en calza corta y musculosa!, y a los 2 o 3 minutos cuando quise entrar para agarrar mis cosas y cambiarme en el vestuario… no se podían abrir las puertas!! Claro, había un horario en el cual, por cuestiones de seguridad, las puertas solo se abrían de adentro pero no de afuera. La cuestión es que tuve que pedir permiso a uno del Staff para que me dejara entrar por el depósito, pero para ese entonces ya me había recorrido más de medio colegio para ver si podía entrar por algún lado, y me había peleado con uno que no me quería dejar pasar…

Estefanía Klimowitsch