MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE

Mi nombre es Eduardo Marenco, tengo 41 años y la impresión de haber llegado ayer de vuelta de mi experiencia en Di­namarca. Pero no es así, ya pasaron veintidós años desde que regresé a Bue­nos Aires. Viví once meses con Lisse, Er­ling y David a tres kilómetros del pueblo más cercano…Suldrup (2000 hab.). De vez en cuando venían de visita Mette y Jens, los hijos mayores que ya vivían por su cuenta, pero que también me adopta­ron como “hermanito”. Fueron once meses increíbles y de mucho con­traste. Pasar de nuestro caótico país al paradigma de la organización. De la megápolis porteña al medio del campo. De ser uno más en la multitud a ser el único morocho y con menos de 1.8 m. De “lo que mata es la hume­dad” a lo que  mata es las temperaturas bajo cero y el hielo en las rutas. Pero no hay que asustarse con tanto cambio, bus­cando un poco debajo de la superficie también hay muchos puntos en común. Sólo hay que enfocar la mirada en las puertas abiertas, en las manos tendidas, en algún ojo guiñado y dejar de lado los momentos de no comprender nada de “ese idioma extravagante”.

Lo más valioso de la experiencia, a mi entender, fue vivir fuera del seno de mi familia durante ese período, respetando reglas distintas y ganándome un lugar que no estaba adquirido. Esto sucedió en Dinamarca, pero Esto sucedió en Dinamarca, pero podría haber sucedido en cualquier parte del mundo. Sin embargo debo decir que YFU Dinamarca ayudó mucho en el proceso. Siempre están disponibles, por eso que mencioné antes de que Dinamarca es un país muy organizado. Frecuente­mente estuve en contacto con ex-becarios dinamarqueses que me asesoraban para poder sobrepo­nerme a los escollos. Y porque los dinamarqueses tienen un modo muy tranquilo de enfrentarse a los problemas, lo cual ge­nera calma y permite acercarse al meollo de los conflictos. Esa vida nueva en una familia nueva me permitió crecer, dejar de lado algunos caprichos, valorar mejor a mi propia familia y aprender mecanismos nuevos para interrelacionarme con las per­sonas.

La experiencia en la escuela también fue muy valiosa. Vi que era posible tener una relación humana con los profesores, sin formalismos pero sin por eso perderles el respeto. En la escuela nadie controlaba nuestros paraderos se podía ir a una clase y faltar a la siguiente, pero era muy raro que alguien hiciera eso. ¿Qué sentido puede tener perderse una hora de en­señanza, si es lo que más nos hace falta para avanzar en la vida? La primera enseñanza que me dieron en Dinamarca fue que hay que ser li­bre pero con responsabilidad. Esto lo aprenden desde muy chicos, entonces si uno se “ratea” de una clase, luego tiene que estudiar el doble para poder aprobar los exámenes. Pude disfrutar de la escuela, aprendiendo y no luchando contra el aburrimiento.

Finalmente, el país es espectacular. Limpio, con mucha naturaleza, una ver­dadera conciencia de preservación, tanto de lo natural como de lo cultural. Bibliote­cas públicas completísimas y de fácil  ac­ceso, sistema de transporte público orde­nado, salud y educación pública de primera línea. Estéticamente bello, edifi­cios históricos pero también diseños con­temporáneos integrados en el marco ge­neral.

Hace veintidós años fui estudiante de intercambio en Dinamarca, esta experien­cia sigue determinado mi vida profesional (administro el restorán del Club Danés en Buenos Aires), personal (sigo en contacto con mi familia anfitriona, estuve en la fiesta de 15 aniversario de egresados de mi clase en Dinamarca, muchos de mis amigos argentinos son descendientes de dinamarqueses) y mi mujer (que es ar­gentina) vivió un metejón similar al mío con este país, la conocí en las actividades de la colectividad dinamarquesa de Bue­nos Aires. Más no se puede pedir!

Es el turno de ustedes, espero que lo disfruten tanto como yo.

 

EDUARDO MARENCO