¿Por qué ser voluntario?

No hace mucho dejé de ser oficialmente voluntaria para trabajar en la Oficina Nacional de YFU Argentina. El cambio fue y sigue siendo duro. El voluntario tiene un espíritu enérgico, una voracidad por aprender y por hacer, una sed insaciable de conectarse con las culturas que florecen de los estudiantes que vienen a nuestro país y esta ansiedad y excitación entra rápido en tensión con la seriedad y el profesionalismo que requiere el trabajo de oficina. Empecé a tratar más con padres, con los nervios normales previos al intercambio de sus hijos, con jóvenes que estaban a punto de embarcarse en la experiencia de sus vidas, etc…

De repente, me llegó una propuesta increíble. Me invitaron a participar del viaje de YFU (YFU Trip) como acompañante. Fuimos con Juan Manuel, el coordinador de los extranjeros en nuestro país y con Noemí, la delegada de Mendoza. Yo dije: “Voy… pero como voluntaria”.

El norte es hermoso.

Luego de un largo día arriba del micro, paramos una mañana en San Miguel de Tucumán. La pasada fue breve pero muy enriquecedora. ¡Conocimos la famosa casita de Tucumán! Yo trataba de explicarles a los estudiantes porque me emocionaba tanto esa visita: cuántas veces la habremos mencionado en la escuela primaria…

El mismo día llegamos a Salta, La Linda. Visitamos Cafayate, donde recorrimos el muy pintoresco pueblo y degustamos vinos en una bodega. Para mí, lo mejor de Salta fue la peña. Los chicos (e incluso uno de los choferes) bailaron folklore. ¡Yo tuve que cantar, con Juan,  el himno de Salta por micrófono y enfrente de todo el mundo!

Después, vino Jujuy, la provincia de las montañas coloridas. Nos hospedamos unos días en Tilcara, donde tuvimos la suerte de encontrarnos en época de carnaval: si íbamos a la plaza, siempre volvíamos al hotel empapados de espuma y blancos de talco. Si bien corría para que los estudiantes no me ensucien, alguno siempre me atrapaba.

A Cataratas llegamos cansados, luego de un caluroso día de viaje, pero nos fuimos corriendo a la pileta y nos revitalizamos. El día siguiente se caracterizó por las bocas abiertas. ¡Qué increíble es el parque nacional! Ca­minar en medio de la selva, con coatíes paseando al lado de uno y mariposas amistosas que se apoyaban en los brazos.

Lo que más disfruté de esos doce días fue la posibilidad de volver a mis raíces de voluntaria. Tuve la oportunidad de compartir experiencias con los 47 estudiantes que participaron del viaje: preguntarles por sus vidas argentinas, lo que les gusta y lo que no tanto, lo que aprendieron en su tiempo acá y lo que esperan aprender y, también, poder transmitirles lo que es la familia YFU, que no conoce límites políticos, ni barreras lingüísticas.